La imagen de Nuestra Señora de Torreciudad es de madera de álamo, y gracias a una cuidadosa y
delicada conservación a lo largo de los siglos, se encuentra en muy buen estado y es digna de admiración. No se hallaron restos de la policromía original y la madera fue
tratada por expertos en trabajos de restauración durante un periodo de tiempo considerable, dejando al descubierto la primitiva y magnífica
expresión de los rostros de la Virgen y del Niño y la espléndida belleza de la talla, el manto y las túnicas.

En 1974 se completaron los trabajos de restauración con
la desinsectación y consolidación de partes dañadas, la policromía y el chapado. Para enlazar con la tradición y la dignidad de estas imágenes
destinadas al culto y para realzar la calidad de la escultura respetando su valor plástico, se recubrieron con una lámina dorada el trono y las vestiduras en su totalidad.El
carácter de las facciones, la actitud frontal de las figuras, su hieratismo, la desproporción de cabezas y manos y el tratado plano de los pliegues del manto y de las
túnicas, responden plenamente al canon
románico.
Su gran arcaísmo da pie a pensar en su posible relación con las obras realizadas en los talleres que tuvieron como centro Roda de Isábena, activos ya en el siglo XI y
que en el siglo siguiente alcanzaron notable desarrollo. Indudablemente, esta imagen de la Virgen de Torreciudad puede considerarse un ejemplar de indiscutible interés desde el
punto de vista histórico y estilístico. Su tipo iconográfico es el de las imágenes llamadas
“Majestad de Nuestra Señora” o
Sedes sapientiae, tan difundido en la Alta Edad Media por toda Europa. Es muy difícil determinar la escuela
donde se originó este tipo iconográfico y las trayectorias de su difusión, pero es probable que fuera la de Clemont. Se tienen noticias de que el prototipo de la serie
innumerable que se extendió por doquier existió ya en el siglo X. Son imágenes privadas de todo sentimentalismo, a veces con una escueta expresión de sencillez
campesina, sin nada superfluo y ricas en contenido doctrinal.

A este tipo de imágenes pertenecen también las
llamadas
“Vírgenes negras”, llamadas así por el tono oscuro de sus carnaciones, y que se debe a la oxidación del plomo, del albayalde,
que se emplea en su policromía: por ejemplo, la de Puy (quemada en 1794), la de Moulins, Montpellier, Montserrat y Guadalupe. El hieratismo y la frontalidad de las figuras, la
buscada desproporción de las cabezas y manos, el tratado del ropaje en relieve muy plano, la estructura del plegado de la túnica, etc., responden a los principios
metódicos del románico. Tras retirar las capas de pintura acumuladas a lo largo de los siglos, la mencionada restauración procedió a la desinsectación y
consolidación de partes dañadas, la policromía y el chapado, como se puede ver actualmente en tantas imágenes medievales.