“Arte para la fe, fe en el arte”

Así se titula el relato de Manuel Viñas, vicedecano del Grado de Publicidad y Relaciones Públicas de la Universidad San Jorge de Zaragoza. Estuvo de visita con su familia y nos ha enviado un espléndido texto con sus impresiones. La fotografía de esta entrada también es suya.

Solo a dos reconocidos genios, a dos “ilusionistas”, se les ocurriría hipnotizarnos por las estribaciones de una escarpada montaña, conduciéndonos hacia su olimpo creativo. Kubrick y Escrivá, antagonistas, construyeron un “fantástico” argumento, aduciendo cada uno de ellos su particular acepción de lo “fantástico”: imaginario y mordaz, en el caso del cineasta; real y espiritual, en la obra del barbastrense.

Aquí y ahora, en la corte del Somontano, acojámonos al talento divino de San Josemaría Escrivá de Balaguer. Contemplado desde su acceso, el Santuario de Torreciudad simula el armazón de un gran mecanismo que emerge hacia el cielo buscando la mano de Dios, su motor y rector. Espejismo, que se deshace cuando el fiel se adentra en cualquiera de los deambulatorios adyacentes que convergen en el Templo. En ese espacio, adviertes que no, que Dios esculpió hombres, no máquinas.

Dentro del monumental “paréntesis” que configura la explanada, brotan parterres a modo de pequeños volcanes de naturaleza, anhelando -y consiguiendo- adjetivar tan idílico vocablo, “naturaleza”. Jardines auténticamente naturales, silvestres; despojados de cualquier artificio que desnaturalice este santo lugar. Dios no se rodeó de ornamentos para adornar su palabra. Nosotros solemos hacerlo.

En las alturas, contemplar la ermita antigua desde el campanario del Santuario se convierte en un acto de sobria altivez. Somos humildes –en condición y posición– ante la inmensidad de las montañas que nos rodean. Cumbres, entreveradas en su base con el colorido del agua; encargada, en este caso, de ilustrar la escena como un ficticio trampantojo esmeralda tras las desgastadas piedras del primigenio oratorio consagrado a la Virgen de Torreciudad.

Introducidos ya en las arterias vitales del conjunto arquitectónico, entiendes por qué Jesús esgrimía tan frecuentemente el verbo “construir” para articular sus discursos; cimentando así los pilares de la razón en la muchedumbre que le escuchaba y seguía. Los planos de –verdadera– fe que delinean la planta del Santuario y de las estancias adjuntas perfilan un extraordinario mapa de la liturgia cristiana, mostrando con su trazo el recorrido natural que el creyente realiza por los pasillos de su propia fe, por los recovecos de su identidad humana.

Arquitectura y arquitecto: obra y creador. Gaudí no pasó por aquí, pero mandó a sus “ejércitos” –capitaneados por Dols– a Torreciudad, para que transmutasen piedra por vida, lo inerte por sustancia orgánica. Una espléndida composición, donde la belleza de los detalles (modestos, en materia; ricos, en trascendencia) anula el hieratismo de las rectas, la pesadez del poliedro, el anguloso filo de las aristas que recortan el edificio. Geometría y verbo, ciencia y religión, ¿quién las separó?

Dentro del Templo, la imponente visión del retablo de Mayné, reverenciado en un lateral por la talla de San Josemaría, genera una perfecta comunión sensorial entre materia (incienso) y espíritu (música), confiriendo el alto relieve a la pretérita Historia, para ceder una innovadora tercera dimensión a la ubicua fe. Porque la fe es materia viva, alimento que se renueva en tiempo, forma y espacio.

Torreciudad… Quien quiera creer, que reflexione sobre aquello que contempla: entenderá perfectamente cómo el arte impulsa y engrandece la fe. Quien no, que observe y se deleite con la maravillosa creación de un ser humano: Dios esculpió hombres.

Manuel Viñas Limonchi

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