“Ella me descubrió el amor de Dios en Torreciudad”

En casi todas las familias hay un hijo que, por estar enfermo o ser más débil, se lleva de modo especial los desvelos y el cariño de su madre. Considero que ese hijo de la Virgen María, hija en este caso, soy yo.

He estado muchos años en los que me veía a mí misma como el hijo mayor de la parábola del Evangelio: en casa de su padre pero sin enterarse de nada. A disgusto y siempre mirando lo que hacen los demás en vez de estar contenta con lo que tenía.

En 2019 tuve la oportunidad de hacer un retiro espiritual en Torreciudad. Hacía tiempo que le pedía a la Virgen y a Dios que me ayudaran, especialmente a Ella le pedía: “que me entere, Señora, de lo que Dios me quiere”.

El último día me encontré de golpe con todo el amor de Dios. No puedo describir con más palabras la gracia de descubrir que eres inmensamente amada, con todas tus miserias y defectos. Fue un regalo de la Virgen mucho mayor de lo que hubiera podido soñar en los días de mi vida. Una luz arrolladora que ha cambiado completamente la visión de mi vida y de mi vocación.

Me siento deudora de un don muy grande. He descubierto cuántas cosas nimias me hacían sufrir y me descentraban de lo importante. Pienso que si Dios me ha hecho este regalo es para que lo comparta, pero de una forma sencilla, sin hacer cosas raras: tratando con cariño y sabiendo acoger a cualquier persona que se cruce en mi vida. No hacerlo así es negarles el regalo del amor que Dios me ha dado para que lo comparta.

Los días posteriores a ese retiro no me creía que tanta felicidad fuera posible y solo pedía a Dios: “que no se me pase”. La Virgen se ha encargado de que esto sea así, y durante todo este curso 2019-2020 ha continuado concediéndome muchas otras gracias que me han ayudado a profundizar más en aspectos centrales de mi vida espiritual en los que no acababa de calar.

Este año, de nuevo he tenido el regalo de volver a Torreciudad y de nuevo me convenzo de que Ella me está tratando como a una hija predilecta.

No quiero acabar estas líneas sin hacer un agradecimiento a los sacerdotes que me han atendido en este tiempo. Siempre me ha admirado el inmenso cariño y confianza que tienen en la Virgen. A veces nos acostumbramos a lo bueno, y mi trato con Santa María, en los últimos años, quizá tenía algo de rutinario. A través de muchos de ellos me he vuelto a replantear con que confianza trataba yo a la Virgen y a ellos les debo poder escribir hoy estas líneas.

P. R.

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