San Josemaría y Torreciudad

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LUGARES DE BARBASTRO RELACIONADOS CON SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ

LA PRIMERA ROMERÍA DE SAN JOSEMARÍA A TORRECIUDAD

 

            En 1984, en el noveno centenario de la Virgen de Torreciudad, el historiador José Orlandis rememoraba el acontecer de los siglos pasados, testigos de la devoción a Santa María en este lugar altoaragonés; y escribía: «Esta historia quedaría incompleta si nos limitásemos a evocar tiempos pretéritos, por viejos y venerables que sean. La historia de Torreciudad llega viva hasta nuestros días, y ha de recoger un capítulo novísimo, digno coronamiento de tantos siglos de fe cristiana y de piedad mariana. Este capítulo se halla íntimamente ligado a la vida del Fundador del Opus Dei, y en él se inscribe la construcción del nuevo Santuario» [1]. Se refiere Orlandis a la primera visita a Nuestra Señora de Torreciudad de San Josemaría, quien años después lo recordaba así: «Me trajeron mis padres. Mi madre me llevó en sus brazos a la Virgen. Iba sentada en la caballería, no a la inglesa, sino en silla, como entonces se hacía, y pasó miedo porque era un camino muy malo» [2]. De las palabras transcritas se desprende que sus recuerdos no provienen de su propia memoria, sino de los relatos oídos tantas veces a su madre y a los suyos. Es, por tanto, lógico que no dé más referencias para datar con una cierta precisión la fecha de su primera visita a la ermita de Torreciudad. El objeto de este trabajo será aportar elementos que permitan encuadrar, con una probabilidad fundada, el tiempo y el momento de la citada romería a la casa de la Virgen.
 

Para acercarnos a una fecha precisa, es necesario antes exponer el porqué de la peregrinación a Torreciudad: sus padres acudieron para agradecer a la Virgen la curación de su hijo, desahuciado por los médicos a causa de una enfermedad grave de origen infeccioso. Su madre, doña Dolores Albás, había prometido peregrinar a la ermita de Torreciudad si el niño se curaba. Como el niño sanó de la noche a la mañana y sin explicación médica posible, sus padres cumplieron con su compromiso [3].
 

       No es fácil precisar la fecha de este suceso. Es sabido que, en los primeros decenios de la centuria pasada, la mortalidad infantil era aún muy elevada y un niño podía contraer en cualquier momento una dolencia que acabara rápidamente con su vida. Ningún testigo ni documento concreta el momento de la enfermedad y curación. Sólo se indica la edad del niño: unos dos años; esto es, a lo largo de 1904, durante el cual Josemaría sería el rey de la casa, pues su hermana Carmen pasaba gran parte del día en su colegio. Quizá, ya desde hacía uno o dos años, Carmen era alumna del Colegio de San Vicente de Paúl, popularmente conocido por las Paúlas [4], regentado por las Hijas de la Caridad y donde había estudiado su madre.

            Sobre la naturaleza de la enfermedad, monseñor del Portillo afirma que era infecciosa y muy grave [5], sin precisar más. Amistades de la familia de los tiempos de Barbastro han dejado escrito que fue meningitis [6]. También su hermano Santiago, evocando antiguos recuerdos oídos a los suyos, menciona esta enfermedad [7]. No obstante, no es posible conocer con certeza de qué dolencia se trataba, pues por entonces el diagnóstico se basaba principalmente en la observación clínica y aún no existían los precisos medios de análisis clínico que determinan con exactitud el tipo de enfermedad. Fuera lo que fuese, al agravarse el proceso, el médico de cabecera, el Dr. Camps [8], aseguró a sus padres que la criatura moriría aquella noche [9].

            Cabe suponer que la enfermedad infecciosa que padeció San Josemaría –quizá una meningitis– estuviera en el marco de un brote epidémico local. En este sentido, los datos del Archivo de la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción (Catedral) [10] nos dicen lo siguiente:

-La mortalidad registrada en los tres primeros meses de 1904 es semejante a la de años anteriores.

-En el mes de abril son trece las defunciones, pero sólo cuatro son niños, dos de ellos neonatos. En mayo y junio las cifras se mantienen en parámetros de normalidad.

-En agosto aumenta la mortandad. Hay catorce defunciones, de las cuales nueve son de niños menores de dos años.

-En septiembre los diez difuntos son niños, nueve de ellos menores de dos años.

-En octubre, de los diez fallecidos, seis tienen menos de dos años.

-En noviembre se producen treinta y seis fallecimientos, de los que treinta son niños menores de cinco años; de éstos, ocho aún no han cumplido los dos años, siete ya los cumplieron, y seis tenían tres años.

-En diciembre comienza a remitir la epidemia: mueren veintisiete personas, de las que veinte son niños, dieciséis de éstos menores de dos años.

-En enero de 1905 sólo se consignan tres fallecimientos, que fueron niños de dos, tres y cuatro años.

            En los asientos de las actas de defunción de cada niño se indica la fecha del óbito, nombre de los padres y la edad (días, meses, años), pero no se menciona el motivo de la muerte [11].

            A estos datos hay que añadir los provenientes de la parroquia de San Francisco de Asís, erigida dos años antes, en 1902. Escribe Martín Ibarra: «Un último aspecto hemos de señalar en la vida de la ciudad de Barbastro y de esta parroquia de San Francisco, dentro de un año [1904] con tantas noticias gratas. Y es la terrible epidemia que sacudió por completo a Barbastro y causó una elevada mortandad entre los feligreses de nuestra parroquia de San Francisco. Una primera aproximación resulta suficiente para darse cuenta de lo que esta epidemia significó. Si hemos visto que en ocho meses del año 1902 hubo 37 entierros entre los fieles de la parroquia; 66 en todo el año 1903; en los meses de noviembre y diciembre de 1904 hay nada menos que 42, de los que 26 corresponden a niños menores de cuatro años. Si comparamos los entierros de estos dos meses con los bautismos, vemos que los primeros triplican con mucho a los segundos. O dicho de otra forma: son numerosos los días durante estos meses otoñales, en los que hay dos o tres entierros en San Francisco, sobre todo de niños» [12].

            La enfermedad adquirió rasgos de epidemia y fue especialmente intensa en los meses de noviembre y diciembre. Las autoridades tomaron sus medidas y cerraron las escuelas de párvulos. El 7 de enero de 1905 la Junta Local de Enseñanza dio por concluida la epidemia, y autorizó la apertura de las escuelas y la reanudación de las clases [13].

            A la luz de estos datos no es aventurado suponer que la enfermedad del pequeño Josemaría se produjera en el contexto general de esta epidemia que asoló la población de Barbastro. La seguridad del pronóstico del médico, anunciando a los padres que el niño no pasaba de esa noche, nos sugiere que el doctor estaba ante una patología cuyo desenlace era conocido y frecuente en esos días. Así pues, se puede sostener con cierto fundamento que la enfermedad padecida por San Josemaría fue en el otoño de 1904 [14].

            Conocido el pronóstico del médico, la respuesta de su madre fue acudir a la intercesión de la Madre de Dios. Doña Dolores comenzó una novena a la Virgen del Sagrado Corazón, una imagen que estaba en la cabecera de su cama. De esa oración surgió la promesa de acudir en peregrinación a Torreciudad si sanaba su hijo [15]. A la mañana siguiente, el pequeño estaba curado de su mal.

            Doña Dolores, de acuerdo con su marido, decidió cumplir lo prometido en el tiempo oportuno y, seguramente, con la mayor prontitud. No obstante, si la enfermedad y la curación se sitúan en los meses de noviembre y diciembre de 1904, lo avanzado de la estación aconsejaba posponer el viaje a Torreciudad a un tiempo más favorable. En el invierno, los días son más cortos y los caminos más difíciles de transitar por las lluvias y, quizá, por la nieve. Lo habitual era esperar a la primavera, cuando el clima mejora y los senderos son más hacederos. Ésa era la hipótesis que había formulado en un artículo mío anterior[16]. Sin embargo, al repasar la historia familiar de esos años, me di cuenta de que el matrimonio esperaba un nuevo hijo desde mediados de otoño de 1904. Así, al llegar la primavera, doña Dolores estaba en avanzado estado de gestación, y este hecho desaconsejaba llevar a cabo los esfuerzos derivados de la peregrinación a Torreciudad desde Barbastro.

            En pleno verano de 1905, nació María Asunción, a la que llamarían familiarmente Chon. Su partida de bautismo dice que el alumbramiento fue a las nueve de la mañana del 15 de agosto de 1905; el día 17 fue bautizada por el coadjutor de la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción (Catedral), don Ángel Malo, el mismo sacerdote que bautizó a San Josemaría[17].

            Era costumbre del matrimonio Escrivá-Albás trasladarse durante el verano a Fonz, pueblo natal de don José, donde vivía su madre, doña Constancia Corzán (1825-1912), con su hijo, mosén Teodoro Escrivá, beneficiado de la Casa Moner. De este modo, don José acompañaba a su madre durante una temporada y la abuela podía tener junto a sí a sus nietos unas semanas. Ese año de 1905, la llegada a Fonz debió ser a primeros de septiembre, una vez repuesta doña Dolores de las fatigas del alumbramiento.

            Septiembre era una buena época para ir en peregrinación a Torreciudad y, dada la secuencia de los acontecimientos narrados, se nos presenta como la primera fecha hábil. Era, pues un buen momento para cumplir lo prometido a la Virgen en las jornadas de angustia del otoño anterior. Así pues, hay base para sostener que la visita del matrimonio Escrivá Albás a Torreciudad, para presentar a su hijo Josemaría a la Virgen tuvo lugar en septiembre de 1905.

            Los testimonios de esta romería hablan tan sólo, como es lógico, del destino –lo específico del viaje–, y no mencionan para nada el punto de partida, pues no lo consideran de interés. Quizá por eso, al escribir sobre esta romería, inercialmente se tiende a decir que la familia Escrivá partió de Barbastro, camino de Torreciudad. Es la hipótesis más aceptada, pues en esta ciudad vivían. No obstante cabe otra hipótesis: que salieran de Fonz.

            En las palabras de San Josemaría, citadas al comienzo del artículo, se lee que su madre «iba sentada en la caballería, no a la inglesa, sino en silla, como entonces se hacía, y pasó miedo porque era un camino muy malo» [18]. Ciertamente San Josemaría no recordaba de dónde partieron, ni los detalles del viaje, pues era muy niño. Pero la referencia a la caballería es una cierta insinuación, aunque no concluyente, a favor de que el viaje se hiciera desde Fonz y no desde Barbastro.

            Cuenta Martín Sambeat, amigo de la infancia y compañero de colegio de San Josemaría, cuál era –según su recuerdo y parecer– la costumbre de los barbastrinos, en su peregrinación a Torreciudad: «Se solía ir –dice– en la diligencia de Graus hasta El Grado y de allí salía un camino que, bordeando el río, iba subiendo por empinada cuesta, entre riscos, hasta la ermita. Este camino solía hacerse a pie porque era muy accidentado y había fuertes ‘cortados’ sobre el río. Se hacía siempre una pequeña parada en el ‘huerto del cura’, en donde había una fuente» [19]. Martín Sambeat manifiesta con estas palabras de sus memorias, cuál era la costumbre y práctica de los barbastrinos, cuando iban a la ermita de Torreciudad: en diligencia, primero, hasta El Grado –mientras el camino discurría por el valle del río Cinca– y luego, poco a poco, a pie.

            Había también camino desde Bolturina, que era el elegido por los de Barbastro si emprendían la marcha montados. Según los recuerdos de Sambeat, «cuando se quería ir en caballería se hacía preciso llegar hasta Bolturina y la romería se hacía más larga y había que hacer noche en el camino o en la ermita» [20]. Se ve que era la costumbre de los barbastrinos. Esta ruta era menos arriscada, excepto en su parte final, cuando convergía con el camino que venía de El Grado.

            Los de Fonz, procedían de otro modo. Así, por ejemplo, en la gran fiesta de la Virgen de Torreciudad, que se celebra el domingo siguiente a la antigua fiesta de San Joaquín –16 de agosto– se organizaba una gran romería desde Fonz. El procedimiento era, en su primera fase, parecido al de Barbastro. En la víspera se acercaban hasta El Grado en carros. Según los recuerdos del foncino Matías Solana Marcos, desde este lugar, montaban en caballerías, atravesaban el río Cinca por un puente que estaba más o menos en el lugar de la presa actual, e iban por unos caminos que vienen a coincidir con el trazado de la actual carretera [21]. Al mediodía llegaban a Torreciudad, comían y pasaban la tarde junto a la Virgen. Dormían en el suelo, en alguna habitación o estancia de la ermita. Al día siguiente se celebraba la Misa en honor de la Madre de Dios y emprendían el regreso a casa [22].

            Don José, de joven, habría hecho esa peregrinación y conocería bien el camino que arranca desde Fonz. Por otra parte, al no ser una peregrinación multitudinaria, sino familiar, íntima, no procedía contratar un carro para acercarse hasta el pueblo de El Grado. En efecto, es coherente que don José, para asegurar el viaje de su hijo y quitar miedos a la barbastrina doña Dolores, que acababa de dar a luz a su tercer hijo, buscase una caballería, al “estilo de Fonz”, para recorrer el camino. Era lo más práctico y conveniente. Eso debieron hablar y acordar los padres de San Josemaría, y doña Dolores comprendió que era mejor ir en mula que a pie, para llevar a su hijo en brazos y presentárselo a la Virgen [23]. Así que, tras dejar a sus hijas Carmen y María Asunción con la abuela Constancia, salieron de buena mañana de Fonz, para cumplir su promesa.

            No sabemos qué ruta eligió don José: si la que va por Bolturina, o la que indica Matías Solana. Si doña Dolores afirmaba que pasó miedo porque era un camino muy malo, podemos inclinarnos por la senda que recorrían los foncinos, la que discurría aproximadamente por el trazado de la actual carretera, pues también tenía pasos que imponían respeto, máxime en aquel entonces, cuando la presa no estaba construida y la caída hasta el lecho del río se presentaba sobrecogedora.

            Llegados a la ermita, llevaron al niño ante la Virgen. A sus pies agradecieron el favor recibido y le ofrecieron su hijo. Doña Dolores siempre atribuyó la curación a la intercesión de María Santísima y se lo recordó repetidas veces a su hijo. Así, por ejemplo, unos años después, tras el fallecimiento de su hermana María Asunción, la tercera hija muerta en el transcurso de unos pocos años: «la imaginación infantil hacía presagiar –cuenta Adriana Corrales– que en aquella casa se había establecido una serie fatal, por lo que el siguiente debería ser Josemaría. Él mismo diría alguna vez a su madre que ahora le tocaba a él. Doña Lola debió preocuparse de aquel sombrío pensamiento porque alguna vez le oímos decir: No te preocupes, a ti no te puede pasar nada, porque estás pasado por la Virgen de Torreciudad»[24]. El agradecimiento de San Josemaría a la Madre de Dios por la protección dispensada desde niño fue in crescendo con los años y una de sus manifestaciones fue promover la construcción del actual Santuario de Torreciudad en honor a la Reina de los Ángeles.



Constantino Ánchel 



[1] José Orlandis Rovira, "El Fundador del Opus Dei y Nuestra Señora de Torreciudad", en Torreciudad, 3ª ed., Rialp, Madrid 2003, p. 55.

[2] Texto recogido en José Orlandis Rovira, "El Fundador", o.c., p. 56.

[3] El relato más extenso y detallado de este episodio se encuentra en Ana Sastre, Tiempo de Caminar. Semblanza de Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, Rialp, 4ª ed., Madrid 1991, pp. 28-32. Vid. también Salvador Bernal, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei, Rialp, 6ª ed., Madrid 1980, p. 26; François Gondrand, Al paso de Dios, Rialp, Madrid 1984, pp. 25-26; Peter Berglar, Opus Dei. Vida y obra del Fundador Josemaría Escrivá de Balaguer, Rialp, 4ª ed., Madrid 1988, p. 29; y Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei. I. ¡Señor, que vea!, Rialp, Madrid 1997, pp. 29-30. Vid. también Álvaro del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, 8ª ed., Rialp, Madrid 1995, pp. 59-60.

[4] Pertenecían a la rama española de las Hijas de la Caridad. Su toca no es la conocida de alas amplias, sino más reducida: ésta es la de las francesas.

[5] Cfr. Álvaro del Portillo, Entrevista..., o.c., p. 59.

[6] Así se lee en los testimonios de Adriana Corrales Codina, nacida en 1901 y amiga de infancia de los Escrivá, que afirma padeció meningitis (RHF, T-08202). En el mismo sentido se pronuncian Paquita Ferrer Pueyo (1899-1980), amiga de infancia de Carmen Escrivá (RHF, T-07954) y Sor Consuelo Bielsa Tagüeña, Hija de la Caridad, nacida en Barbastro, en 1901 (RHF, T-05823).

[7] Cfr. Positio super vita et virtutibus Servi Dei Iosephmariae Escrivá de Balaguer, Summarium, declaración de Santiago Escrivá de Balaguer, n. 7320.

[8] Ignacio Camps Valdovinos, que había sido su padrino de confirmación.

[9] Testimonio de Fernando Valenciano (RHF, T-05362). —Fernando Valenciano Polack (Sevilla 1923), Ingeniero de Caminos, era miembro del Consejo General del Opus Dei desde 1961. En la actualidad es sacerdote.

[10] Cfr. Libro de Defunciones de la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción (Catedral) de Barbastro, del año 1904. No ha sido posible investigar en el Registro Civil de Barbastro, pues la documentación anterior a 1936 fue destruida durante la Guerra Civil.

[11] Agradezco al Prof. Julio González-Simancas el acceso a su trabajo de investigación no publicado, titulado Epidemia infantil en Barbastro durante el otoño de 1904. De ahí procede la relación consignada arriba.

[12] Martín Ibarra Benlloch, "La nueva parroquia de San Francisco, de Barbastro", en La parroquia de San Francisco de Asís de Barbastro. Cien años de historia (1902-2002), Martín Ibarra Benlloch y José María Ferrer Muñoz (eds.), Ed. Parroquia de San Francisco de Asís de Barbastro, Barbastro 2002, p. 81.

[13] El Acta de la Junta local de Enseñanza del 7 de enero de 1905, en su punto 1º dice: «Que en vista del decrecimiento de la epidemia de Sarampión se pueden reanudar sin peligro alguno las Escuelas públicas de párvulos de ambos sexos que temporalmente habían estado cerradas por esta causa» (Archivo Municipal de Barbastro, Actas, 9-I-1905, p. 19). —De siempre se ha considerado el sarampión una enfermedad “benigna”, especialmente en la infancia, a excepción de los lactantes. Es cierto que, en algunos casos, el sarampión puede derivar en encefalitis, pero según la literatura médica se da en un caso por cada mil pacientes. Por eso llama la atención que una epidemia de sarampión obligue a las autoridades a cerrar las escuelas. Es posible que junto con la epidemia que causó tanta mortandad infantil apareciera también un brote de sarampión. Y asimismo cabe pensar que el ayuntamiento decidiera no hablar para nada de otro tipo de enfermedad más contagiosa y peligrosa, para evitar que las autoridades superiores tomaran medidas sanitarias más drásticas, como declarar la ciudad en cuarentena.

[14] En una conversación con el Dr. José Cañadell, que fue director de la Clínica Universitaria de Pamplona, me decía que, al leer en las biografías publicadas sobre San Josemaría la narración de su enfermedad infantil, siempre le había extrañado la seguridad y exactitud del pronóstico infausto del médico y el plazo tan breve que daba. Su sorpresa se basaba en su experiencia profesional en la atención de niños: en aquellos años, sin la posibilidad de disponer de una analítica, era aventurado pronosticar, sólo con la observación clínica, un final a corto plazo de un niño, pues los síntomas que suelen presentar son impredecibles y algo extremos: un día pueden tener una fiebre muy alta y, al día siguiente, gozar de una vitalidad exuberante. Por eso, al tener noticias el Dr. Cañadell de la epidemia que padeció Barbastro a finales de 1904, me decía que en ese contexto se le quitaba la extrañeza por el pronóstico tan preciso: el médico constató en San Josemaría lo que veía día tras día en otros niños, según la experiencia inmediata de esas jornadas.

[15] Cfr. Testimonio de Fernando Valenciano Polack (RHF, T-05362).

[16] Cfr. "La iniciación cristiana del Beato Josemaría Escrivá: bautismo, confirmación y primera comunión", en Cuadernos del Centro de Documentación Josemaría Escrivá de Balaguer, Pamplona VI (2002), p. 82.

[17] Cfr. Libro XLIV de Sacramentos (Bautismos), fol. 35, del archivo de la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción (Catedral), de Barbastro. Se le impusieron los nombres de María Asunción Candelaria y fueron sus padrinos su tío paterno, el sacerdote don Teodoro Escrivá Corzán, y su tía doña Candelaria Albás Blanc, casada en 1879 con don Antonio Lafuente y que vivía en Teruel desde que contrajo matrimonio.

[18] Texto recogido en José Orlandis Rovira, "El Fundador…", o.c., p. 56.

[19] Relación de Martín Sambeat Valón (1900-1992) (RHF T-03242, p. 6).

[20] Ibidem, p. 6.

[21] Es muy probable que el camino descrito por Martín Sambeat para ir desde El Grado a Torreciudad, sea el mismo que el indicado por Matías Solana. En mapas a gran escala de la zona, editados por el Instituto Geográfico y Catastral, y correspondientes a fechas anteriores al embalse, he buscado señales que indicasen un posible trazado del camino que unía El Grado con Torreciudad, y lo poco que se veía discurría más o menos por el trazado de la actual carretera. También he observado fotos aéreas de la zona previas a la construcción de la presa, de gran precisión, con visor tridimensional, y de lo que muestran resulta casi imposible pensar que el camino fuera por otro lugar, pues el río había cortado casi a pico gran parte de su ribera izquierda, precisamente entre El Grado y Torreciudad. Hoy día, tras la construcción del embalse, se percibe bastante menos el desnivel existente entre el camino y el lecho del río.

[22] Entrevista a Matías Solana Marco (RHF, D-12687).

[23] En relación con esta hipótesis, la salida desde Fonz de don José, doña Dolores y su hijo, montada la madre con el niño en brazos, a lomos de caballería, me contaba don Enrique Badía Gracia, actual alcalde de Fonz, lo siguiente: su madre, Remedios Gracia, dos o tres años mayor que San Josemaría, conservaba un recuerdo visual, casi fotográfico, de una escena que había contemplado de niña y que, con su mentalidad infantil, le había llamado tanto la atención que se le había quedado grabada firmemente en su memoria. La imagen era la de don José Escrivá saliendo de buena mañana de Fonz, llevando el ronzal de una caballería, en la que iba montada su esposa, con el niño en brazos. No es difícil adivinar por qué a una niña la contemplación de esta escena se le quedó tan impresa: evocaba, así lo decía, a las representaciones clásicas de la Sagrada Familia, camino de Egipto (conversación mantenida con don Enrique Badía Gracia, en El Grado, el 6-III-2004).

[24] Testimonio de Adriana Corrales Codina (RHF, T-08202), amiga de infancia de los Escrivá.

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