María, nuestra Estrella

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En el escudo de Torreciudad, sobre la torre, hay una estrella de ocho puntas como símbolo de María. De acuerdo con San Bernardo, María puede ser comparada a una estrella, porque irradia luz sin perder su brillo. Así, María no perdió su virginidad al dar a luz a Jesucristo. Ella ilumina al mundo con su luz y enciende el fuego del espíritu y tiene el papel de modelo y de ideal (De laudibus Virgo Matris, 2.17; PL 183, 70f). En la sillería del retablo de Torreciudad hay seis bajorrelieves con títulos de la Virgen: tres Torres -Turris eburnea, Turris Davidica y Turris civitatis- y tres Estrellas, Stella matutina, Stella maris y Stella orientis.

Stella matutina

La jaculatoria Stella matutina fue incluida en las letanías lauretanas en la versión de Padua del siglo XIV. En un manuscrito de París del siglo XII (París, Nat. Lat. 5267) se encuentra la expresión Stella marina y Lux matutina. Se cree que el autor de las letanías de Padua combinó los dos títulos en uno y resultó Stella matutina. La estrella de la mañana anuncia el fin de la noche y la luz de la aurora, el principio del día. De la misma manera, la Virgen María anunció, al nacer, el fin de la noche y de las tinieblas en la que los hombres de tantos siglos yacían sepultados. Ella es la bellísima aurora que anuncia el día, todavía más hermoso, en que el Sol divino, Jesucristo, ha de iluminar al mundo, disipando la ignorancia y el error y, con aquel calor sobrenatural del fuego que trajo sobre la tierra, ha de encender el corazón de los hombres en su amor.

El Beato Cardenal Newman afirma -comparando este título con el de Rosa mística- que es el que mejor le corresponde. Y lo explica por tres razones: primera, la rosa pertenece a la tierra, pero la estrella está en el cielo: María no pertenece a este mundo; ningún cambio puede afectar a una estrella. Segunda, la vida de la rosa es breve, pero María, como las estrellas de lo alto, permanece para siempre tan lozana como en el día de su Asunción y será tan pura y perfecta cuando su Hijo venga a juzgar al mundo, como lo es ahora. Y, finalmente, María tiene la prerrogativa de ser heraldo del Sol. Cuando Ella aparece en la oscuridad, sabemos que el Señor está muy cerca.



Stella maris

El origen del título Stella maris es comúnmente atribuido a san Jerónimo (siglo V) y también lo utiliza san Isidoro de Sevilla (s. VII). El precioso himno Ave maris Stella es del siglo VIII; se puede decir que desde entonces este título es patrimonio general de la Iglesia. Benedicto XVI, en su Encíclica Spe Salvi, hace referencia a este himno para proponernos a María como causa de nuestra esperanza: "Con un himno del siglo VIII/IX, por tanto de hace más de mil años, la Iglesia saluda a María, la Madre de Dios, como "estrella del mar": Ave maris Stella. La vida humana es un camino. ¿Hacia qué meta? ¿Cómo encontramos el rumbo? (...) Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar hasta Él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz, reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía. Y ¿quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza, Ella que con su "sí" abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo; Ella que se convirtió en el Arca viviente de la Alianza, en la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros, plantó su tienda entre nosotros (cf. Jn 1,14)?" (Carta Encíclica Spe salvi, 49).

En el siglo XII, san Bernardo compone el famoso sermón: "Si se levantan los vientos de las tentaciones, mira a la Estrella, llama a María. Si eres juguete de las olas de la ambición, de la calumnia, de la envidia, mira a la estrella, llama a María… Siguiéndola no te desvías, rogándole no te desesperas; pensando en Ella, no yerras. Teniéndote Ella de su mano no puedes caer; protegiéndote, no temes; guiándote, no te fatigas… Con razón se la llama Estrella del mar" (Hom. II super Missus est, n.17. PL 183, 70-71). No faltan poemas sobre la Stella maris. Así, por ejemplo, el que comienza: "Tanta gracia en vos se encierra, / Virgen pura y singular, / que sois estrella en la mar, / Madre de Dios en la tierra." (Juan López de Úbeda (+ 1596), Cancionero).



Stella orientis

El 4 de diciembre de 1955 san Josemaría Escrivá de Balaguer estaba en Viena, por segunda vez el mismo año. La ciudad estaba aún dividida en cuatro zonas, ocupadas por soldados franceses, ingleses, rusos y americanos. Celebró Misa en la Catedral de San Esteban, y dando gracias después, delante de la imagen de María Pötsch, la invocó por primera vez con la jaculatoria "Sancta María, Stella Orientis, filios tuos adiuva!". Su biógrafo escribe: "No era una más de sus muchas invocaciones a la Virgen. Por lo que se deduce de la correspondencia de esos días debió venirle la certeza de que con esas palabras quedaba encomendada a la Madre de Dios la protección del apostolado futuro en los países de la Europa sometida a los comunistas". Cinco días más tarde escribía a Roma: "Me siento seguro, al afirmar que Dios Nuestro Señor nos va a dar medios sobreabundantes -facilidades, personal- para que trabajemos para Él cada día mejor en la parte oriental de Europa, hasta que se nos abran -que se abrirán- la puertas de Rusia. (…) Que digan muchas veces esta jaculatoria: Sancta María, Stella Orientis, filios tuos adiuva!" (A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, III, 337).

La Virgen María oyó estas oraciones. Desde que en 1989 se desploma el "telón de acero", la labor del Opus Dei ha comenzado en Polonia, Hungría, República Checa, Lituania, Estonia, Eslovaquia, Kazajstán, Eslovenia, Croacia, Letonia, Rusia y Rumania; una docena de países en veinte años. El patrocinio de la Stella orientis es palpable. Los tres títulos de la Virgen llamándole Estrella nos hablan, pues, de la proximidad de la acción materna de María, que nos acerca a su Hijo, nos llena de esperanza y nos impulsa al apostolado. Necesitamos a la Estrella de la evangelización, como la llamó Juan Pablo II (Evangelii nuntiandi, n. 82), para llevar de nuevo la alegría del evangelio a una sociedad decadente. San Josemaría, comentando la adoración de los Reyes Magos, decía que ellos contaban con una estrella, pero "nosotros tenemos a María, Stella maris, Stella orientis. Le decimos hoy: Santa María, Estrella del mar, Estrella de la mañana, ayuda a tus hijos." (Es Cristo que pasa, n. 38).



D. Javier de Mora Figueroa
Rector de Torreciudad


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