Dolores y gozos de san José

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Al recibir el encargo de la realización en cerámica de la serie de los Dolores y Gozos de San José, se me facilitaron los textos de la Sagrada Escritura que cada cuadro tenía que representar. Se trataba de una sucesión de escenas en las que debía quedar manifiesta la continuidad temporal.

Me centré en primer lugar en la caracterización de los personajes: el Niño Jesús, Santa María y San José. Me ayudó el recordar lo que algunas veces había oído directamente en la predicación del beato Josemaría Escrivá y también el repasar sus escritos, en los que tanto se trasluce su devoción y cariño al Santo Patriarca. Allí encontré efectivamente lo que me parecieron los rasgos peculiares de San José.

No estoy de acuerdo con la forma clásica de representar a San José como un hombre anciano (...). Yo me lo imagino joven, fuerte, quizá con algunos años más que Nuestra Señora, pero en la plenitud de la edad y de la energía humana (Es Cristo que pasa, n. 40).

Sabemos que no era una persona rica: era un trabajador, como millones de otros hombres en todo el mundo; ejercía el oficio fatigoso y humilde que Dios había escogido para sí, al tomar nuestra carne y al querer vivir treinta años como uno más entre nosotros. La Sagrada Escritura dice que José era artesano (Ibidem, n. 40).

De las narraciones evangélicas se desprende la gran personalidad humana de José: en ningún momento se nos aparece como un hombre apocado o asustado ante la vida; al contrario, sabe enfrentarse con los problemas, salir adelante en las situaciones difíciles, asumir con responsabilidad e iniciativa las tareas que se le encomiendan (Ibidem, n. 40).

Resumiendo, un hombre joven en la plenitud de la vida, activo y trabajador, que se ganaba la vida con sus manos, y a quien le tocó en suerte cuidar del Hijo de Dios hecho hombre y de María, la Madre de Dios. Un personaje que tenía que dejar traslucir en el rostro, por la sencillez del corazón y la profundidad de sus sentimientos, las alegrías y los sufrimientos que comportaba su misión extraordinaria, plenamente asumida. Debía manifestar al mismo tiempo en la actitud su amorosa vigilancia y su total identificación con la voluntad divina.

Por otra parte, era también importante que quedara plasmado, a lo largo de las distintas escenas, que cada uno de los personajes —el Niño Jesús, Santa María y San José— no eran figuras aisladas, como accidentalmente reunidas por unos acontecimientos, sino que constituían una familia —la Sagrada Familia, modelo para el pueblo cristiano— y, por tanto, estrechamente unidos por unos lazos de entrega y amor que se fortalecían más y más a través de la vida difícil y de los duros acontecimientos que se resumen en la popular devoción de los Dolores y Gozos de San José. Es más, tomando ocasión precisamente de esas dificultades debía quedar más manifiesta su entrega y amor, de forma que pudiera servir de ejemplo a las familias cristianas:

Al pensar en los hogares cristianos —enseñaba el beato Josemaría Escrivá de Balaguer— me gusta imaginarlos luminosos y alegres, como fue el de la Sagrada Familia (...). Cada hogar cristiano debería ser un remanso de serenidad en el que, por encima de las pequeñas contradicciones diarias, se percibiera un cariño hondo y sincero, una tranquilidad profunda, fruto de una fe real y vivida (Ibidem, n. 22).

Una vez estudiados los personajes resultaba más fácil centrarse en la composición de las escenas metiéndose en los pasajes del Evangelio.

La técnica fue la misma que en los Misterios del Rosario: esmaltes coloreados de base con veladuras para la matización y composición de colores, cuidando que las líneas de diseño fueran cubiertas totalmente por la superposición de esmaltes, para evitar infiltraciones de la humedad.

Palmira Laguéns
Doctora en Ciencias de la Educación





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