La devoción a la Virgen

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“Me llamarán bienaventurada todas las generaciones..." [1]

Dios creó al hombre para que participara en su vida dichosa. Después de la desobediencia de nuestros primeros padres quiso hacerse hombre para ayudarnos. Y buscó entonces, en la plenitud de los tiempos, hace dos mil años, una mujer a la que llenó de perfecciones para que fuera su madre.


El anuncio

“Fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret [2], a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David [3]; el nombre de la virgen era María.

- Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» Ella se turbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. - El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.» - María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» - El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios.» - Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel dejándola se fue”.

Dios creó al hombre a su imagen y semejanza y por eso le hizo libre. A María le envió al ángel Gabriel para invitarle a ser la madre de Dios y le pidió su libre colaboración, [4] a lo que ella contestó afirmativamente: “hágase en mí según tu palabra” [5].

Por su condición de voluntaria Madre de Dios, el mismo Señor la llenó de todas las perfecciones. Por eso podemos decir en verdad: ¡Más que tú, sólo Dios!” [6]. El Padre de las misericordias quiso que el consentimiento de la que estaba predestinada a ser la Madre precediera a la encarnación para que, así como una mujer contribuyó a la muerte, así también otra mujer contribuyera a la vida [7].


Visitación a su prima Isabel

“En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!»

Y dijo María:

«Engrandece mi alma al Señor
y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador
porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava,
por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada,
porque ha hecho en mí maravillas el Poderoso,
cuyo nombre es Santo
y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen.
Desplegó la fuerza de su brazo,
dispersó a los que son soberbios,
derribó a los potentados de sus tronos
y exaltó a los humildes.
A los hambrientos colmó de bienes
y despidió a los ricos sin nada.
Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia
como había anunciado a nuestros padres 
en favor de Abraham y de su linaje por los siglos.»
María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa” [8].


El Santo Padre Benedicto XVI ha dicho en su primera encíclica comentando este himno de María: “—« Proclama mi alma la grandeza del Señor »— y con ello expresa todo el programa de su vida: no ponerse a sí misma en el centro, sino dejar espacio a Dios, a quien encuentra tanto en la oración como en el servicio al prójimo; sólo entonces el mundo se hace bueno. María es grande precisamente porque quiere enaltecer a Dios en lugar de a sí misma. Ella es humilde: no quiere ser sino la sierva del Señor (cf. Lc 1, 38. 48). (...) El Magníficat —un retrato de su alma, por decirlo así— está completamente tejido por los hilos tomados de la Sagrada Escritura, de la Palabra de Dios. Así se pone de relieve que la Palabra de Dios es verdaderamente su propia casa, de la cual sale y entra con toda naturalidad. Habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se convierte en palabra suya, y su palabra nace de la Palabra de Dios. Así se pone de manifiesto, además, que sus pensamientos están en sintonía con el pensamiento de Dios, que su querer es un querer con Dios. Al estar íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, puede convertirse en madre de la Palabra encarnada. María es, en fin, una mujer que ama. ¿Cómo podría ser de otro modo?” [9].


Vida de Cristo

María está en la vida de su Hijo y “guarda” todo lo que ocurre “en su corazón”, meditándolo [10]. Los libros sagrados la presentan sobre todo:

-en los sucesos de la infancia;

-en el nacimiento en Belén;

-en la presentación en el Templo;

-durante la visita de los Reyes Magos;

-en la huida y retorno de Egipto;

-al visitar al Templo con Jesús niño,

-en las bodas de Caná donde Jesús convierte el agua en vino, haciendo su primer milagro y empezando la vida pública,

-al final de su vida acompañándole al pie de la Cruz. Allí Jesús la nombra madre del discípulo Juan, que nos representa a todos. Por eso María siendo virgen, es madre de Dios y madre de todos los hombres,


Y está presente en los primeros pasos de la Iglesia en Jerusalén, junto con los apóstoles y las santas mujeres con “una presencia materna” [11].


Devoción a María

La tradición que acompaña a la Virgen del Pilar nos manifiesta que desde el principio los cristianos acudieron confiadamente a pedir ayuda a Nuestra Señora. En las catacumbas se encuentran las primeras representaciones de su figura que no han dejado de multiplicarse a lo largo de la historia, representándola bajo innumerables advocaciones. Los saludos que dirigieron a la Virgen el Arcángel San Gabriel en la Anunciación y Santa Isabel en la Visitación forman la primera parte del Ave María la oración más popular. En el Santo Rosario, con la repetición del Ave María y la contemplación de los misterios de la vida del Señor y la Virgen encontramos una “síntesis de todo el Evangelio” [12].

La Iglesia ha declarado solemnemente que María:  es Madre de Dios: Dogma definido en el Concilio de Éfeso (Siglo V) [13]; es Inmaculada desde el comienzo mismo de su concepción: Dogma definido por el Papa Pío IX, el 8 de diciembre de 1854, en la Bula Ineffabilis Deus; es Virgen antes del parto, en el parto y, perpetuamente, después del parto: aparece en el Credo compuesto por los Apóstoles [14]; está en cuerpo y alma en la gloria celestial: Dogma proclamado por el Papa Pío XII, el 1º de noviembre de 1950, en la Constitución Munificentissimus Deus. La Iglesia siempre ha mantenido que la Virgen es mediadora de todas las gracias. Se le atribuyen innumerables favores y milagros materiales comprobados en la historia, muchos han sido el origen de un santuario mariano, y todos los católicos hemos sentido y agradecemos su intervención en nuestra vida personal.


Notas

[1] Cfr Evangelio de San Lucas 1, 48.

 

[2] Nazaret es una pequeña ciudad situada al norte de Palestina.

 

[3] Primer rey de Israel. Vivió hacia mediados del siglo XI antes de Jesucristo.

 

[4] Cfr Evangelio de San Lucas 1, 26 a 1, 38.

 

[5] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 148.

 

[6] Cfr Camino n. 496.

 

[7] Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución Apostólica Lumen Gentium n. 56 y 61.

 

[8] Cfr Evangelio de San Lucas 1, 39 a 1, 56.

 

[9] Cfr. carta encíclica Deus caritas est, del sumo pontífice Benedicto XVI, a los obispos, a los presbíteros y diáconos, a las personas consagradas, y a todos los fieles laicos, sobre el amor cristiano, n. 41.

 

[10] Cfr. Evangelio de San Lucas 2, 19.

 

[11] Cfr. Juan Pablo II, Redemptoris Mater, n. 24, y Catecismo de la Iglesia Católica, n. 965: Después de la Ascensión de su Hijo, María "estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones" (LG 69). Reunida con los apóstoles y algunas mujeres, "María pedía con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación la había cubierto con su sombra" (LG 59).

 

[12] Cfr. Pablo VI, MC 42.

 

[13] Dice el Concilio Vaticano II: "Desde los tiempos más antiguos, la Bienaventurada Virgen es honrada con el titulo Madre de Dios, a cuyo amparo los fieles acuden con súplicas en todos sus peligros y necesidades" (Const. Dogmática Lumen gentium, n.66)

 

[14] El Concilio Vaticano II dice: "Es aquella Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo, que se llamará Emmanuel" (Const. Dogmática Lumen gentium, n. 55)

 

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